domingo, 13 de marzo de 2011



Tanto el empirismo de Francis Bacon como el racionalismo
de René Descartes buscaron por caminos distintos un
método fi losófi co infalible, que permitiera de una vez y para
siempre diferenciar entre la mera opinión y la creencia del
conocimiento absoluto. De este proyecto son herederos los
pensadores de la Ilustración europea y todos aquéllos que
quisieron proclamar dominio universal, control absoluto
del mundo natural y de otros seres humanos, que parecen
estar al margen del mundo de la razón, de la verdad y de la
civilización.
De manera tal que, como lo muestra Castro en su libro,
ese otro que es objeto de conocimiento y del orden resulta
defi nitivo en la constitución del sujeto que se proclama
como legítimo agente del orden y del dominio. Las ideas
de “blanco”, o de la “pureza racial”, no serían posibles sin
sus opuestos de negro, mestizo o indio; así es precisamente
como las nociones de civilización y progreso adquieren
sentido únicamente frente a sus negaciones, a la barbarie y
al atraso.
Las críticas a la Ilustración y las refl exiones sobre
conocimiento y poder tienen ya una larga y sólida
trayectoria que no es oportuno reseñar aquí; desde la Teoría
Crítica de la Escuela de Frankfurt, de manera destacada en
la obra de Michel Foucault y desde luego en los trabajos de
historia y sociología de las ciencias de las últimas décadas,
el eje central de las investigaciones sobre el conocimiento
occidental ha dejado de lado el tono apologético, y se
han visto obligadas a hacerle frente a preguntas sobre el
carácter político del conocimiento. El trabajo de Castro
se enmarca dentro de una tradición crítica ya madura, sin
embargo, se inscribe de manera más directa dentro de la
corriente de estudios poscoloniales. En forma más específi ca
el autor se reconoce como parte de un grupo de escritores
latinoamericanos, entre quienes podemos mencionar a
Enrique Dussel, Walter Mignolo y Anibal Quijano, entre
otros, y quienes han sumado esfuerzos para repensar la
teoría poscolonial desde América Latina.
Así la infl uencia de Edward Said, en particular de su
paradigmático libro Orientalismo, es visible y reconocida
de manera explícita por Castro. Said es convincente, nos
recuerda el autor, en mostrar que la dominación occidental,
en este caso de sus colonias orientales, es en parte el
resultado de formas específi cas de representación del Otro
que al mismo tiempo consolida una imagen de lo propio,
la cual facilitó y presentó como naturales relaciones de
dominio y control.
Dentro de marcos de refl exión similares, Castro se suma al
esfuerzo de estos pensadores latinoamericanos para construir
nuevas categorías a fi n de pensar el pasado y el presente
latinoamericano y hacer evidente el carácter eurocéntrico
de las tradicionales miradas sobre la realidad americana. De
manera similar a Said en su trabajo sobre Oriente, autores
como Dussel, Mignolo o Quijano han querido mostrar la
indisoluble relación entre modernidad y colonialidad, relación
en la que la Europa moderna no podría ser comprendida
sin entender sus relaciones políticas y culturales con el
resto del mundo y, en especial, con Hispanoamérica. Es en
estos términos que Santiago Castro busca reconstruir los
vínculos entre el proyecto colonial y las prácticas científi cas
de la Ilustración, tanto en manos de viajeros y exploradores
europeos como de los hombres de letras de la elite criolla; en
este caso, la del Nuevo Reino de Garanada.

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